Las edades entre las razas

Las edades entre las razas 850 480 V.M. Kwen Khan Khu

Muy apreciados/as lectores/as:

LAS EDADES ENTRE LAS RAZAS

Con inmensa alegría me apresuro a haceros llegar unos textos del muy Venerable Maestro FULCANELLI, recogidos en una obra última, que pocos conocen, titulada: FINIS GLORIAE MUNDI, ‘fin de la gloria del mundo’.

Primeramente, esta obra indica que Fulcanelli sigue vivo, tal y como se ha dicho mil veces, a causa de que consiguió el elixir de larga vida, de lo cual da testimonio el Sr. Jacques d´Arés, a quien Fulcanelli mismo le dirigió los textos para que los publicara, veamos:

«Confieso haberme sorprendido ─uno lo estaría muchísimo menos, y hasta debo decir que quedé estupefacto─ cuando a finales de junio de 1999 recibí una larga carta fechada el 25 del mismo mes, acompañando a un manuscrito con el título Finis Gloriae Mundi. Inmediatamente busqué la firma de esta carta, duplicándose mi sorpresa al leer la última línea:

“Suyo,

Fulcanelli-Frater Adeptus Heliopolitensis”».

Lo anterior, amigos y amigas, constituye un hecho histórico que rompe el ateísmo de esta caduca raza en la que vivimos y da su lugar a la ciencia hermética que a través del tiempo hemos llamado ALQUIMIA.

Empero, la información que un servidor quiere haceros llegar es referente al hecho de que, finalmente, gracias a la divinidad, este Adepto, Fulcanelli, en esta obra arroja mucha luz sobre esos tiempos que tanto nos han producido dolores de cabeza al querer explicarnos qué pasó entre una raza y otra, o cuánto tiempo en realidad hace que ocurrió el hundimiento de la Atlántida y muchos otros entretelones.

Sin más preámbulos, os dejo ahora con algunos extractos de la obra de este gran Adepto de Heliópolis, hela aquí:

«Cuando brevemente comentábamos el obelisco de Dammartin-sous-Tigeaux, lo desciframos a partir de las escrituras ─II Pedro, 3,5-7─  y de la tradición griega. Aseguran que el mundo pasa alternativamente por el agua y por el fuego purificadores, con intervalos que estimábamos de MIL DOSCIENTOS AÑOS.

Evidentemente no había que tomar literalmente este último número: no éramos tan ignorantes como para pensar que un diluvio ─y sobre todo el diluvio bíblico─ habría devastado el planeta en los alrededores del año 700. Aun así es verdad, si aceptamos el testimonio del cronista Gregorio de Tours, que los dos siglos durante los cuales reinaron sobre los francos los reyes de la primera raza, habrían visto numerosos trastornos climáticos y cósmicos tales como auroras boreales sobre las Ardenas, caídas de meteoritos inflamados en el golfo del Morbihan, o la sumersión del bosque de Avranches formando, desde entonces, la bahía del Mont-Saint-Michel. Estas convulsiones limitadas no podrían compararse con una purificación integral de nuestro globo. Nos sonrojamos por tener que precisar unos puntos tan elementales, pero las glosas, cuando por azar llegamos a conocerlas, nos hicieron caer en una mezcla de hilaridad y de furor.

No por ello habrían merecido una sola línea de rectificación pública si no hubieran contribuido a mantener la expectativa malsana de un cataclismo inminente. Expectativa exacerbada por aprendices demiurgos que no son más que sopladores [léase: pseudocientíficos], pero desgraciadamente sopladores muy peligrosos. ¿Qué es, pues, un año para el alquimista que sigue las enseñanzas de la naturaleza, sino un ciclo que abraza la totalidad del zodíaco? De tal modo se calculará, según las necesidades, el año solar y el año precesional, los años planetarios y los draconíticos que regulan los eclipses, y también esos largos años que recorre el Sol Negro y que los griegos designaron con el mito de Faetón. Los mil doscientos años que evocábamos antes sin haber precisado la unidad de base representan, por tanto, la elevación del zodíaco a una potencia y perfección del orden de las centenas, un número simbólico a la manera del Libro de Daniel o del Apocalipsis, cuando San Juan habla de los mil doscientos días durante los cuales el hijo varón será alimentado en el desierto.

Sin embargo no habíamos observado aún en nuestro crisol la última revolución, y éramos tributarios para nuestros comentarios de las incertidumbres y perspectivas de la época. Cuando remitimos a Eugenio Canseliet el manuscrito de LAS MORADAS FILOSOFALES, los geólogos acababan justo de descubrir, inscrita en la memoria de las rocas, la alternancia enigmática del Norte y del Sur magnéticos a lo largo de las edades. Teníamos razones para pensar que una tal inversión se explicaba por haberse volteado toda la esfera sobre su propio eje, lo que no sucedería sino acompañado de espantosos cataclismos. Las revoluciones magnéticas, que también se producen en el crisol, se observan alquímicamente de modo más fácil en la vía breve que en las demás. Tuvimos la intensa sorpresa de constatar en nuestras operaciones que no se producían fatalmente esos sensibles sobresaltos convulsivos si el campo se transformaba en trabajo alrededor de la materia. Después, conocidos con mayor precisión por los progresos de la ciencia geológica los misterios del FUEGO CENTRAL, sabemos que la inversión de los polos magnéticos no significa la rotación de la masa planetaria. Por tanto, la doble helicoide del obelisco de Dammartin-sous-Tigeaux no simboliza la marcha aparente del Sol, como lo habíamos supuesto imprudentemente, sino, relacionándolo con el movimiento del entero hasta su ápice, la doble espiral magnética interna de nuestro globo y la formación temporal de un tetrapolo.

Este conocimiento es reciente. Un artículo de los Srs. Valet y Courtillot ─Les inversions du champ magnetique terrestre, La recherche, N. 246, 1992─ describe la historia geomagnética de nuestro planeta junto con algunas de sus causas. No queda sino sacar las conclusiones de lo que ellos han situado tan bien bajo los ojos del lector. Vemos en sus diagramas sucederse rápidamente la inversión de los polos y después cesar estas durante larguísimos períodos de cerca de cien millones de años solares, a saber, un cuarto o una estación de la rotación media de nuestra galaxia. Cuando, luego de tales paradas, los polos reinician su danza, esta nueva puesta en movimiento coincidirá, tal como lo muestra la Paleontología, con la renovación drástica de la fauna y de la flora, al mismo tiempo que parecen situarse entonces las convulsiones volcánicas y las inundaciones purificadoras. Dos de estas han sido fechadas con una precisión suficiente. El fin de la segunda corresponde a la extinción de los grandes saurios de la era secundaria.

Desde la aparición de la actual humanidad, pese a que nos encontremos a escala geológica en una fase de alternancia rápida, la Tierra no ha conocido sino una breve inversión de polos. Hemos calculado la fecha aproximada gracias a los diagramas de Valet y Courtillot: el movimiento que volvió a situar al polo magnético en los alrededores del Norte geográfico tuvo lugar hacia el año 8000 a. C. Entonces la humanidad dejó tras de sí la vida salvaje de cazadores nómadas, domesticó a los animales, cultivó el suelo, construyó las primeras aldeas y, de este modo, cimentó el germen de las grandes civilizaciones históricas. Esta coincidencia no es la del solo azar.  […]

Escrutando de este modo el pasado de la Tierra como los físicos sondean las profundidades de los mares, los geólogos vuelven a descubrir algunos fragmentos del secreto del Gran Arte cuyo crisol es la Naturaleza y el artista el Creador mismo. Pese a la inconmensurabilidad de la escala de los tiempos, el ritmo de revolución de los polos magnéticos terrestres reproduce, con asombrosa actitud, el ritmo que se observa en la vía breve: mil años son para Dios como un día, dicen el salmista y el apóstol ─Salmo 89, 4 y II Pedro, 3-8─.  […]

Cada una de las revoluciones de los polos magnéticos se acompaña, según parece, con perturbaciones en los climas y en las tierras. Al iniciarse el movimiento de inversión hacia el año 10.000 a. C., ocurrió el fin de la última era glaciar. Los bancos de hielo retrocedieron, mientras las aguas marinas se inflaban progresivamente y sumergían las zonas litorales. Ahora bien, se trata de la fecha dada por los sacerdotes de Sais al legislador ateniense Solón para la desaparición de la Atlántida, según el testimonio de Platón.

A comienzos de este siglo todavía podíamos prestar fe al relato del gran filósofo que situaba la isla maravillosa “más allá de las columnas de Hércules”, atribuyéndole una superficie “más grande que Asia y Libia juntas”. El esfuerzo de los arqueólogos nos ha convencido de que los sacerdotes de Sais tenían un conocimiento parcial de sus propios archivos, y que confundían dos cataclismos de un alcance incomparable.  […]

Pero más allá de este reciente cataclismo, todavía dominaba en el templo de Sais la memoria de convulsiones oceánicas y una submersión que intervino milenios antes “allende las columnas de Hércules”.  […]

Los autores que entonan su canto fúnebre coinciden con este punto esencial: la Atlántida se habría venido abajo por el abuso cometido por sus sacerdotes-magos sobre la materia y sobre las almas. El Sr. Bergier [autor de una obra que escribió en colaboración con el Sr. André Ruellan] veía en este mito una “resaca del futuro”, la anticipación del destino de nuestra propia civilización. Cuando escribía esas páginas, muy pocos otorgaban crédito a las ciencias tradicionales. Su advertencia caía en el vacío.  […]

En el siglo de Luis XIV los sopladores [falsos alquimistas] soñaban con llenar sus bodegas con montones de oro, compitiendo así con el vano esplendor de los reyes. Las necedades de hoy apenas son menores y menos ingenuas, aunque resultan considerablemente más siniestras. Es del poder oculto sobre el alma del mundo y la de los pueblos de lo que se embriagan, usando para conseguirlo, indiferentemente, los medios triviales de la política o de la economía y los conocimientos surgidos de una ciencia rebosante. Por un lado se osa sacar el germen de la vida fabricando, para propagar el terror, virus con efectos incurables para la medicina ordinaria, algunos tan fulminantes que ni siquiera la medicina universal tendría tiempo de operar. Por otro lado se simula la inversión de los polos magnéticos o se efectúan distorsiones sobre el campo terrestre para atraer a las multitudes a estados de hipnosis, de disponibilidad mediumnímica o de furor ciego. O se ataca deliberadamente la regulación del clima y del tiempo. Se pervierte, en fin, la teúrgia, y se invocan monstruos que ni los magos asirios más degenerados habrían osado sacar de sus abismos. Los atlantes míticos se arriesgaron a estas prácticas degradantes a plena luz; los sopladores [léase: los pseudocientíficos] reales de hoy añaden a la perversión de las prácticas la del secreto».

─Extractos de la obra Finis Gloriae Mundi, del V.M. Fulcanelli─.

Paralelamente a estas afirmaciones del Venerable Fulcanelli, el Avatara de Acuario ─V.M. Samael Aun Weor─ realiza las siguientes aseveraciones en la obra EL QUINTO EVANGELIO, veamos:

«Nuestro planeta Tierra, mis amigos, no ha sido siempre como es ahora, ha cambiado su fisonomía geológica varias veces. Si nosotros examinamos los cuatro mapas de Scott-Elliot, veremos que la Tierra, hace un millón de años, era completamente diferente.

Esos cuatro mapas geográficos merecen ser tenidos en consideración. Se parecen a cuatro mapas que existían, y que todavía siguen existiendo, en algunas criptas subterráneas de Asia Central. Tales mapas son desconocidos por los sabihondos de la ciencia materialista. Se guardan secretamente con el propósito de conservarlos intactos, pues bien sabemos que los señores de la falsa ciencia están siempre dispuestos a alterar todo con tal de justificar sus tan cacareadas teorías.

El primero de esos mapas de Scott-Elliot nos llama mucho la atención, resulta interesantísimo. En él se ve lo que era el mundo hace unos ochocientos mil años a. C.

Entonces, la región de los braquicéfalos de la tan cacareada antropología ultramoderna no existía. Desde el estrecho de Bering, pasando por Siberia y Europa, hasta Francia y Alemania, lo único que había era agua. No había surgido, propiamente dicho, ni Siberia ni Europa de entre el fondo de los océanos.

De África no existía sino la parte oriental, porque el oeste y el sur de aquel continente estaban sumergidos entre las olas embravecidas del océano. Aquel pequeño continente, que entonces existiera de África oriental, era conocido con el nombre de Grabontzi.

América del Sur estaba hundida entre las aguas del océano, no había surgido a la existencia. Estados Unidos, Canadá, Alaska, todo eso estaba sumergido entre el océano y, sin embargo, ¡México existía! Parece increíble que ochocientos mil años a. C. ya existía México. Cuando todavía Europa no existía, ¡México existía! Cuando Sudamérica no había salido de entre el fondo del océano, ¡México existía! Esto nos invita a comprender que entre las entrañas de esta tierra sagrada de México, tan arcaica como el mundo, existen tesoros arqueológicos y esotéricos extraordinarios que todavía no han sido descubiertos por la pala de los arqueólogos.

La Lemuria fue por aquella época un gigantesco continente que se extendía en el Pacífico, que cubría toda esa área de Australia, Oceanía, el Índico –que es tan gigantesco– , y que se proyectaba por todo el Pacífico hasta esos lugares donde más tarde brotó Sudamérica. ¡Vean ustedes cuán gigantesca era la Lemuria, cuán enorme! La fisonomía del globo terráqueo era completamente distinta hace unos ochocientos mil años a. C. […]

Hace ochocientos mil años, México tenía una población solemne, maravillosa, separada del estrecho de Bering por los grandes océanos. Así pues, la ciencia materialista está hablando de lo que no ha visto, de lo que no le consta. Nosotros estamos hablando sobre la base de los mapas como los de Scott-Elliot, sobre esos otros similares que se encuentran en algunas criptas subterráneas de la cordillera del Himalaya, en el Asia Central.

(Séptima Cátedra de Tesoros de la antropología gnóstica)

La Atlántida pasó por terribles y espantosas catástrofes antes de desaparecer totalmente. La primera catástrofe se sucedió hace ochocientos mil años más o menos; la segunda hace doscientos mil años y la tercera acaeció hace once mil años, de la cual guardan más o menos confuso recuerdo las tradiciones de todas las razas humanas como «el Diluvio Universal».

La Gran Raza Aria –Quinto Sol en el calendario azteca– está representada por la gran quinta estatua de Bamiyán, de la cual somos la séptima subraza.

(Sincretismo gnóstico en el calendario azteca)

Obviamente, no compartimos la parte en la que Fulcanelli afirma que nuestra civilización habría empezado hace 10.000 años, cuando, según él, el hombre dejó de ser cazador para dedicarse al cultivo de la tierra, etc., etc. Tampoco creemos que una raza humana vaya a durar los, aproximadamente, cien millones de años que dura un giro galáctico completo.

Sin embargo, apreciado lector, es fácil deducir de estos textos que, si bien una raza dura los 25.960 años que componen el año cósmico o platónico con sus doce eras zodiacales y comenzando en Acuario ─tal y como explica nuestro Venerable Patriarca─, NO TODOS LOS AÑOS CÓSMICOS son poblados por una nueva raza, pues algunos de ellos pasarán en los larguísimos procesos que nuestro planeta necesita para prepararse para el siguiente experimento humano. En esos periplos regeneradores, los Genios Elementales trabajarán intensamente con sus fuerzas de la naturaleza provocando todo tipo de movimientos geológicos con volcanes, terremotos, vientos y movimientos de los mares, con el propósito de crear, cuanto antes, nuevas condiciones para la siguiente raza.

Es por eso que el Maestro Samael habla de cientos de miles y hasta millones de años atrás cuando se refiere a las antiguas razas humanas.

De esta manera quedaría contestada la pregunta que durante tanto tiempo nos hemos hecho sobre cómo encajar en el tiempo a las razas que precedieron a la nuestra.

Obviamente, durante los tiempos en que la Tierra se regenera, la mayor parte de las almas puede permanecer en el mundo astral a la espera de nuevas oportunidades para tomar cuerpos humanos y aspirar a su autorrealización en la siguiente raza.

Os entrego, para finalizar, unas frases para reflexionar:

«La suprema habilidad consiste en conocer bien la importancia de las cosas».
La Rochefoucauld

«Se puede ser más hábil que los demás, pero es peligroso darlo a entender».
Coeulhe

«Resuélvete a seguir la conducta más excelente y por costumbre te deleitarás en ella».
Pitágoras

«No hay un teatro mayor para la virtud que la conciencia».
Cicerón

«La Conciencia es la voz del alma».
Rousseau

QUALIS REX, TALIS GREX.
─‘Tal rey, tal grey’─
KWEN KHAN KHU