Kábala, Creación y Autorrealización- VMSamael Aun Weor

Kábala, Creación y Autorrealización

Kábala, Creación y Autorrealización 850 480 V.M. Samael Aun Weor

Los Principios Inteligentes que gobiernan la vida del Hombre, la Naturaleza y el Universo.

La hora ha llegado en que cada uno de nosotros reflexione sobre sí mismo y sobre el universo.

El hombre existe sobre la Tierra mucho más allá de la edad primaria, mucho más allá de la época paleolítica. Y –repito– nos da derecho de afirmar esto el mismo hecho concreto de que sigamos existiendo a pesar de que todos los animales, todas las criaturas de los tiempos arcaicos, desaparecieron ya en su mayoría. Si eso es así, tenemos derecho para decir que somos tan antiguos como la Tierra, como la naturaleza, porque hechos son hechos, y ante los hechos tenemos que rendirnos.

Si no hemos perecido, si no hemos desaparecido del escenario del mundo a través de tantas catástrofes y a pesar de que todas las criaturas de los tiempos mesozoicos se acabaron, entonces tenemos derecho a decir que somos criaturas especiales, que existimos sobre la Tierra antes de que esas criaturas del Plioceno o de los tiempos mesozoicos hubieran aparecido sobre la Tierra. Ese derecho nos lo da el preciso derecho de existir, el hecho concreto de que han pasado eternidades y continuamos vivos.

Murieron las criaturas contemporáneas de nosotros; sin embargo, aquí estamos, vivos. Todos perecieron, pero nosotros seguimos vivos.

Los distintos escenarios en los que se ha desenvuelto esta humanidad merecen ser tenidos en cuenta.

Nosotros necesitamos reconocer los principios inteligentes de la naturaleza y del cosmos.

Observemos, por ejemplo, un hormiguero. Ahí vemos los principios inteligentes en plena actividad: cómo trabajan esas hormigas, cómo hacen sus palacios, cómo se gobiernan, etc. Lo mismo sucede con un panal de abejas: su orden es asombroso.

Dotemos a cada una de las hormigas, o a cada una de las abejas, de una Mónada pitagórica o de un Jiva indostánico, y es lógico que, de hecho, tome sentido todo el hormiguero, todo el panal, porque todas las criaturas viven de un principio monádico.

Nosotros no estamos rindiendo culto a ningún Dios antropomórfico; únicamente queremos que se reconozca inteligencia a la naturaleza. No nos parece absurdo que la naturaleza esté provista de inteligencia. El orden existente en la construcción de la molécula y del átomo nos está demostrando, con entera claridad meridiana, los principios inteligentes.

Estamos en la época precisa para revisar principios. Si no estamos de acuerdo con el materialismo es porque este no resiste un análisis de fondo. Es pura basura, eso es obvio. La creación aquella del hombre a través de procesos mecánicos es más incongruente que el Adán surgido instantáneamente del limo de la tierra. Tan absurda es una como otra. Reconozcamos que hay inteligencia en toda esta mecánica de la naturaleza: en el movimiento de los átomos alrededor de su centro de gravitación, en el movimiento de los mundos alrededor de sus soles.

Es cierto y de toda verdad que nuestro sol, este que nos alumbra y nos da vida, es uno de los soles de esa gran constelación que gira alrededor de Alcione, a la que se le ha llamado, desde los antiguos tiempos, las Pléyades. Que existen siete soles girando alrededor de Alcione, eso no es extraño. Vivimos en un rincón de las Pléyades, en un pequeño planeta que gira alrededor del sol, el cual está poblado por los animales intelectuales. Este pequeñísimo mundo se llama Tierra.

En general, cada uno de los soles de las Pléyades, cada uno de esos siete soles da vida a los correspondientes mundos que giran a su alrededor. Es cierto, y no lo negamos, que nuestro planeta Tierra es un pequeño mundo que gira en torno del séptimo sol de las Pléyades. No es menos cierto que las Pléyades necesitan de un principio directriz inteligente.

El sol ecuatorial de las Pléyades coordina inteligentemente todas las labores y actividades cósmicas, humanas, minerales, vegetales y animales de este grupo de cuerpos celestes conocido como Pléyades.

Debemos tener en cuenta, ya no simplemente las Pléyades, sino toda la galaxia en que existimos, la gran Vía Láctea con sus cien mil soles, millones de mundos, de lunas y de piedras sueltas; galaxia extraordinaria que gira alrededor del sol Sirio. Incuestionablemente, este sol es gigantesco. Cerca de Sirio, hay una luna cinco mil veces más densa que el plomo; esa luna gira alrededor de Sirio.

De Sirio vienen radiaciones extraordinarias hacia la materia cósmica. No debemos negar que de aquella luna, cinco mil veces más densa que el plomo, también vienen terribles radiaciones infrahumanas.

Pero la galaxia en sí, con todo ese orden extraordinario, con su forma espiraloide girando alrededor del sol Sirio, necesita indudablemente de principios inteligentes que la gobiernen.

Se nos viene a la memoria, en estos momentos, el Sol Polar. Obviamente, en este se hallan los principios inteligentes que controlan, gobiernan y coordinan sabiamente esta galaxia en la cual vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser. Se trata de un sol espiritual maravilloso, extraordinario; gobierna completamente la Vía Láctea.

Obviamente que esta galaxia sin principios inteligentes, aunque gravitara toda alrededor de Sirio, aunque fuese gobernada inteligentemente, le faltaría algo más: le faltaría el Sol Espiritual, le faltaría el Sol Polar, que es el fundamento mismo de todos sus principios inteligentes.

Mas ahí no queda esta cuestión; tenemos que ir más lejos. Ya Einstein dijo: «El infinito tiende a un límite». También aseveró que el infinito era curvo. No hay duda de que existen muchos infinitos. Más allá de este infinito hay otro infinito, y mucho más allá hay otro; y entre infinito e infinito siempre existen espacios vacíos. No hay un límite para los muchos infinitos.

Nuestro infinito, el infinito que yo llamaría «de Einstein» –puesto que fue él mismo quien dijo: «El infinito tiende a un límite»–, tiene alrededor de cien mil galaxias, con un promedio de cien mil soles cada una y sus millones de mundos. Esto es lo que alcanza a percibirse con los telescopios. Mas en verdad que este infinito en que vivimos nosotros necesita de principios soberanos inteligentes que lo coordinen para evitar en lo posible colisiones y fracasos de toda especie.

Afortunadamente, existe el Sol Central, el Sagrado Sol Absoluto. En este Sagrado Sol Absoluto están las inteligencias directrices de todo este infinito en el que –repito– vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser.

Así pues, la inteligencia gobierna todo el cosmos, en lo infinitamente grande y en lo infinitamente pequeño, en el macrocosmos y en el microcosmos, en un sistema de mundos y en un panal de abejas o en un hormiguero. La inteligencia cósmica reside, precisamente, en cada partícula de esta gran creación.

Vivimos nosotros aquí, como ya dijimos, en un pequeño planeta del infinito universo, en un pequeño mundo que gira alrededor del séptimo sol de las Pléyades. Tiene su mecánica gobernada por principios inteligentes, pero ni los mismísimos geólogos, que tanto han estudiado, conocen la mecánica viviente de este planeta Tierra.

El Quinto Evangelio Antropología Gnóstica, Cátedra 5

Samael Aun Weor

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