Mercurio y la virtud, Dosso Dossi

Mercurio y la virtud

Mercurio y la virtud 850 480 V.M. Kwen Khan Khu

Muy amados/as amigos/as:

Me complazco en haceros llegar, en esta oportunidad, esta hermosa obra artística realizada por el pintor renacentista italiano Dosso Dossi ─1489-1542─. La pintura se conserva en el Castillo Real de Wawel, Cracovia. Esta obra lleva por título…

…MERCURIO Y LA VIRTUD

Mercurio y la virtud, Dosso Dossi, Cracovia

Los historiadores comentan que el tema deriva de un diálogo de las deidades, presente en una colección de once libros titulada Intercoenales. La colección está compuesta por diálogos, sueños, fábulas y alegorías, escritos por Leon Battista Alberti ─1404-1472─, un arquitecto, matemático y poeta italiano, secretario personal de tres papas: Eugenio IV, Nicolás V y Pío II, considerado uno de los humanistas más polifacéticos e importantes del Renacimiento.

En ese diálogo la Virtud quiere quejarse a Júpiter por el maltrato al que es sometida por parte de los humanos y de la Fortuna. La pintura fue encargada a Dosso por Alfonso del Este, duque de Ferrara, cuyo rostro se asemeja al de Júpiter en la pintura.

Añadimos la traducción del diálogo del latín al castellano, hecha por el poeta español Bartolomé Leonardo de Argensola.

«VIRTUD.─  Ya tú ves cuán destrozada vengo y llena de lodo; sabe que la causa de ello ha sido la presunción y poca verdad de la Fortuna. Yo me encontraba en paz en los Campos Elíseos, bien acomodada con mis viejos Platón, Sócrates, Demóstenes, Cicerón, Arquímedes, Policleto, Praxiteles y otros doctos y excelentes varones que, viviendo, me reverenciaron sobre todas las cosas e hicieron de mí la debida estimación. Y estando con todos estos y con otras insignes personas que venían a mí a saludarme, llega hacia nosotros aquella arrogante, temeraria, presuntuosa, embriagada y disoluta Fortuna rodeada de gran turba de soldados con pasos soberbios; y así, pomposa, llega para mí y me dice: “¡Oh, diosa plebeya!, ¿no harás tú desde lejos reverencia a los grandes Dioses, cuando los ves venir?”. Sentí vivamente estas palabras y así, algo turbada, le respondí: “No podrías tú jamás hacer, ¡oh, gran diosa!, que yo sea plebeya, y en caso de que yo haya de ceder a los mayores, no se extenderá tu poder tanto que yo me humille a ti… Comenzó en esto aquel gran filósofo Platón a tratar del conveniente oficio con que se había de reverenciar a las personas de los Dioses; mas ella, enfadada, “quita allá ─le dijo─ esos tus disparates, que no está bien a los siervos meterse en defender las causas y diferencias de los Dioses”. Quiso también Cicerón decir algunas buenas razones para persuadir lo mismo que Platón, pero salió de aquella compañía de gente armada Marco Antonio, que parecía un valeroso gladiador, y, alzando el brazo en alto, plantó un mojicón en la cara de Marco Tulio, el cual, y todos aquellos amigos míos, amedrentados de esto, volvieron las espaldas y dieron a huir. Porque ya tú ves que ni Policleto con el pincel, ni Fidias con su escoplo, ni Arquímedes con el cuadrante, ni todos los demás sin armas se podían defender contra aquellos hombres atrevidos y armados y prácticos en la guerra y acostumbrados a hacer homicidios. Por esta ocasión, hallándome yo, mezquina, abandonada de todos, aquellos hombres feroces cargaron sobre mí con mojicones y coces, y me despojaron de mis vestiduras y me arrojaron al lodo y, dejándome de esta manera, se fueron riendo tan ufanos que parece que triunfaban de mí y de todas mis cosas. Pero yo, acoceada y acosada de aquella manera, cuando pude volver un poco en mí, determiné de subir acá arriba para quejarme al potentísimo y rectísimo Júpiter. He subido, como ves, y sea alabado. Ya ha un mes entero que estoy esperando que alguno me introduzca allá dentro, y no he dejado de rogar a cuantos van y vienen que me negocien una breve audiencia y siempre me dan alguna excusa por respuesta. Dícenme algunas veces que los Dioses están ocupados, como las calabazas florezcan en tiempo conveniente y otras que todas las mariposas nazcan con las alas bien pintadas. Por tanto, ¡oh, Mercurio!, pues eres tú el principal mensajero de los Dioses, yo te ruego y te suplico, no una vez sino muchas, que quieras abrazar esta mi causa justísima y honestísima; yo te hago cabeza y patrón de ella.  Suplícote que la aceptes; en ti está puesta mi esperanza; no me desprecies, porque si me ven tan ignominiosamente despreciada de vosotros los Dioses, los hombres me perderán el respeto y aun el colegio de los Dioses será poco honor consentir que estos hombrecillos, aunque yo fuese la más infame de las deidades, me estimen tan poco que hagan de mí la mofa que te he contado».

─Diálogo de Mercurio y la Virtud, p. 116─.

¿Qué significa toda esta narrativa, paciente lector/a?

Significa que, ciertamente, las fuerzas divinas están todo el tiempo en lucha con los hechos humanos. Por este motivo se nos muestra poéticamente al Dios Mercurio en un diálogo con la VIRTUD.

Obviamente, ella, la Virtud, muchas veces es menospreciada por el egocentrismo humano y vituperada hasta la saciedad. Ella, la Virtud, como parte sagrada de nuestro propio SER, se ve obligada a buscar su lugar en nuestro continente anímico y, curiosamente, cuando se nos dice que MERCURIO es el mensajero de los Dioses, es porque en verdad nuestro MERCURIO, nuestra energía creadora, es la sola energía que puede ponernos en contacto con los Dioses y las partes sagradas de nuestro propio SER trayéndonos equilibrio anímico y psíquico. Por eso, las virtudes se alimentan del MERCURIO mismo. Allí donde no hay Mercurio solo abunda la violencia, la pedantería, la burla hacia lo virtuoso, el abandono anímico, etc., etc., etc.

Júpiter hace aquí las veces de nuestro SER y lo vemos deleitándose en lo hermoso, en la paz, en aquello que nos trae luz y Conciencia.

Os envío ahora unas frases para vuestra reflexión:

«La dignidad no consiste en nuestros honores, sino en el reconocimiento de merecer lo que tenemos».
Aristóteles

«Aunque perdamos todos nuestros bienes, conservemos inmaculado nuestro honor».
Walter Scott

«El honor es cristal puro que con un soplo se quiebra».
Lope de Vega

«Aquel hombre que pierde la honra por el negocio pierde el negocio y la honra».
Quevedo

«El honor es una esencia que no se ve, a menudo se les ve el honor a quienes no lo tienen».
Shakespeare

HOMO DOCTUS IN SE SEMPER DIVITIAS HABET.
─‘Un hombre docto siempre tiene riquezas en él’─.

KWEN KHAN KHU